 El fenómeno afecta con intensidad a la Provincia El Loa desde enero del año pasado. |
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La frágil calma |
Ningún adolescente se ha suicidado en Calama durante este año. Para conseguir esto, el equipo que encabeza Haquin debió atender a 154 personas, entre jóvenes con intenciones suicidas, padres, hermanos, pololos y amigos en riesgo. Eso significa, hasta hoy, diagnósticos, tratamientos farmacológicos, psicoterapias individuales y familiares, asistencia social y talleres de desarrollo personal. En estos programas participa la familia de Ramón Cubillos, dueño de un almacén en la población Kamac Mayu. Dos de sus nueve hijos han intentado suicidarse. Uno se tragó un frasco de pastillas después de renunciar a un empleo en que lo trataban mal. Su padre lo llevó de urgencia al hospital de Calama, mientras el joven, de 23 años, sólo repetía: "Quiero morir". Más tarde, su hija de 17 años adelgazó hasta provocar la desesperación del papá, que no conseguía hacerla comer. Un día se tomó unas pastillas. Otra vez Cubillos partió de urgencia al hospital. El sólo ha asumido la responsabilidad de acompañar a sus hijos a los controles médicos y las terapias. Su señora sufre de retinitis pigmentosa y prácticamente no ve. "Ramón es el que se preocupa de esto. Incluso ha tratado de evitarme lo más posible las preocupaciones. Cuando pasó lo del niño, yo ni siquiera me di cuenta; sólo sentían que entraban y salían de la casa", relata ella. "Estoy con fuerza pidiéndole al Señor que me ayude con mis hijos", dice Cubillos. "Yo no los voy a descuidar. En el colegio me dicen: 'Ojalá todos los padres fueran como usted". El psicólogo Rubén Rojo, encargado del programa de prevención de adicciones en Calama, afirma que todavía se necesita un diagnóstico más certero sobre la salud mental de los adolescentes de la ciudad. "Es necesario para plantear un proyecto a largo plazo", dice él. Pero, más allá del trabajo de los especialistas, Rojo recalca que se necesita un cambio social que signifique integrara a los jóvenes a la ciudad, a través de una mayor oferta en educación, trabajo y actividades comunitarias. " Si los jóvenes siguen tan abandonados como hasta ahora, vamos a seguir viendo síntomas de esa marginación. Tal vez ya no serán los suicidios, sino las drogas, ola violencia de las pandillas. Por eso hay que atacar las causas profundas". Los compañeros de Oriel opinan lo mismo. David Figueroa reclama: "En esta ciudad hay mucha densidad en el ambiente. Uno va al centro y lo más que encuentra son schoperías. Nos hicieron un parque de los lolos, pero resulta que ya nos sabemos hasta los dibujos de las baldosas, ya nadie quiere ir para allá, porque además andan pandillas que molestan y cobran peaje. Hasta el mall nuevo, ya lo conocemos de memoria. De repente no hay nada qué hacer, no hay adónde ir. Eso sí que desespera". |
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La periodista Marcela Aguilar de la revista "El Sábado" de El Mercurio de Santiago, abordó el tema del suicidio en Calama con gran profundidad. Durante su estadía en la ciudad se dedicó a buscar el testimonio de familias y personas que han vivido de cerca el tema del suicidio. REVISTA EL SABADO De esa búsqueda surgieron historias dramáticas. "Acá tenemos una niña que sufrió un intento de violación. Todavía se culpa, y dice que lo único que quiere es morirse", relata la orientadora del liceo A-27, Silvia Martínez. En ese liceo, donde estudian 1.900 jóvenes, estuvo también Oriel Henríquez, "el Chinito". El 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen, se colgó de la viga que sostiene la campana de la iglesia María Reina, a metros de su casa, en la humilde población Prat. Tenía 16 años. La edad en que, como dice el psiquiatra Carlos Haquin, la vida está dominada por absolutos, y cada pena duele como si fuera definitiva. EL MISTERIO Modesta, la abuela de Oriel, no quiere fotos. "No me gustan. ¿No ve que de mi chinito me quedaron tantas, y ya no sé qué hacer con ellas?". Fue Modesta quien lo cuidó desde los ocho meses, para que su hija, Deisy Henríquez, pudiera trabajar. "La Deisy siempre se preocupó de darle lo mejor. Si tenía que comprarle zapatos, nunca iba ahí a los chinos, sino que le buscaba que fueran de suela y cosidos", recuerda la abuela, mientras se seca las lágrimas con el dorso de una mano curtida. Modesta ha criado a todos los hijos de Deisy. "Mis vecinas me dicen: 'Modesta, para qué sigue, cuándo va a jubilarse', pero yo les contesto que mi hija se sacrifica tanto, cómo no la voy a ayudar". Para ambas, la muerte de Oriel es un dolor que no amaina con el paso del tiempo. Cada domingo lo visitan en el cementerio y la jornada termina, invariablemente, en llanto. Mientras la abuela conversa, Deisy asoma desde la esquina, caminando con paso firme sobre los pedruscos de la calle sin pavimento. Modesta comentó que Deisy encontró trabajo en la oficina de Chuquicamata. La hija sonríe al llegar, pero rehusa hablar de Oriel. "No puedo hacerlo, porque me quiebro", dice con suavidad. La voz se le endurece cuando asegura que el año pasado, cuando murió su hijo, las autoridades anunciaron que les darían más oportunidad a los jóvenes: "Nada de eso se ha cumplido. Dígame, dónde han construido una cancha para que los niños jueguen a la pelota cuando están aburridos, quién se interesa por darles trabajo cuando salen del liceo. Acá llega gente de afuera y la contratan a ella. Los chiquillos andan por ahí, sin saber qué hacer. Y los tratan mal. Si se juntan a escuchar música, los acusan de delincuentes, de drogadictos. Parece que molestaran en todas partes". De esta manera se explica Deisy la decisión de su hijo. No encuentra otras razones. En el liceo tenía problemas de notas, pero nada grave, dicen ella y la abuela. "Todavía no lo entiendo, y vivo dándole vueltas en mi cabeza", confiesa Modesta. Hasta ha pensado que tal vez hubo una especie de pacto secreto entre estos niños. Los suicidas, sin ser amigos, se habían conocido en fiestas y reuniones. En marzo, cuando Katherine Palacios se mató, Oriel fue uno de quienes la lloraron en el funeral. Y en su propio velorio estuvo un vecino que a las pocas semanas también se suicidó". "Estos niños escuchaban música juntos, se contaban sus problemas. Más que un pacto, creo que aquí hubo un fenómeno de imitación. A muchos les parecía que buscar la muerte era ser más valiente que seguir aguantando ciertas situaciones familiares difíciles. Después de que murió Oriel, nosotros en el establecimiento, detectamos 12 casos de intentos de suicidio", asegura el director del A-27, Humberto Arraya. En el liceo afirman que Oriel ya había tenido un intento previo, y que se lo habían derivado a terapia por una depresión surgida a raíz de problema en su hogar. Hoy mismo asisten a clases dos niñas que se encuentran en tratamiento siquiátrico tras intentar matarse. Una se tomó unas pastillitas en el baño del liceo y la otra llegó a clases con las muñecas cortadas. Esta se había peleado con sus padres y vive con una abuela, que es tremendamente estricta con ella. "Lo más increíble es que, cuando la llevamos al hospital, llegó la abuela indignada a decirnos que era culpa nuestra, porque en la casa a la niña no le faltaba nada", dice Arraya. Soledad, falta de comunicación con la familia, amigos que plantean el suicidio como una opción válida para terminar con los problemas. Incluso la suma de estas razones no es suficiente para explicar por qué ocurrió lo que ocurrió. TODO O NADA Marco Antonio Herrera tenía 18 años y había postulado a la Escuela de Carabineros. Sus padres lo suponían con la mirada puesta en el futuro, hasta que el 17 de septiembre lo encontraron colgando de una viga, en el patio de su casa, en la población Independencia. "Era un chiquillo normal, trabajador, entusiasta", dice su papá, Arnoldo Herrera. Difícil imaginarse a alguien menos proclive al suicidio: mientras esperaba el resultado de su postulación, Marco dibujaba, nadaba, jugaba a la pelota con sus amigos, y hacía poco que había viajado a Ayquina para bailarle a la Virgen, como integrante de un grupo de danzas religiosas llamado Banda Angelical Nortina, que había organizado su padre en el vecindario, y en el que también estaban algunos de sus siete hermanos. Pero Marco sufría por amor. Veinte días antes de su muerte, su polola había terminado con él. "Andaba triste, pero no nos dimos cuenta de que era tan grave", se lamenta su padre. La noche del suicidio, estaba con amigos en su casa, en el pasaje Italia. A eso de la medianoche desapareció entre el bullicio. Lo encontraron poco antes de las dos de la mañana. "Estoy seguro de que fue por la polola. Esa misma noche la había llamado, para invitarla a la casa y tratar de arreglar las cosas. Pero ella le dijo que no, que era definitivo", dijo Herrera tras la tragedia. TRISTES VISITAS "Lo que más nos dijo la profe jefe fue que habláramos los problemas, que ella tenía tiempo y ganas de escuchar a quien lo necesitara", explica Madelaine Campaña, quien estaba en el curso de Oriel Henríquez. Yenifer Gutiérrez, compañera de banco del adolescente, añade: "A todos como que nos dio culpa no habernos dado cuenta de lo que iba a hacer el Oriel. Yo creo que los profes se sentían igual. Incluso algunos papás hablaron con los hijos, para preguntarles cómo se sentían y si tenían algún problema. Pero otros siguieron como siempre. Acá la gente trabaja mucho y no tiene tiempo para preocuparse de otras cosas". Los compañeros todavía visitan a Oriel en el cementerio. Le dejan bebidas, cigarros y hasta cosas para comer. Alguien le recortó una nota sobre Kurt Cobain, el músico norteamericano adicto a la heroína que se suicidó en 1994. Pero el cariño no llega a devoción. Las autoridades temían que las tumbas de los jóvenes suicidas pudieran transformarse en centros de peregrinación, pero eso no ocurrió. "Me da pena que la gente ya no me hable del Oriel", dice su abuela. "Pero, por otra parte, lo entiendo. Para el resto del mundo, la vida sigue". |